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En el año 1799, durante la campaña francesa de Egipto, el soldado Pierre-Francois Bouchar encuentra un trozo de piedra. Se trataba de un fragmento de una antigua estela egipcia de granodiorita inscrita con un decreto publicado en Menfis en el año 196 a.C. en nombre del faraón Ptolomeo V. El texto aparece en tres escrituras distintas, lo que permitió descifrar los jeroglíficos egipcios. Hoy en día es conocida como la Piedra Rosetta.

Hace diez años la Agencia Espacial Europea lanza la nave Rosetta, con la misión de recorrer más de 500 millones de kilómetros, llegar hasta el cometa 67/P Churyumov-Gerasimenko y lanzar la sonda “Philae” para que aterrizara en la superficie de ese cometa. Cosa que ocurrió este pasado miércoles.

La sonda, y su nave nodriza, estudiará la composición química y la estructura interna de la roca al objeto de conocer mucho mejor los orígenes de nuestros sistema solar y determinar si efectivamente fueron los cometas quienes trajeron el agua a nuestro planeta.

El agua: uno de los elementos esenciales para la vida. Si al final se puede demostrar, como actualmente se piensa, que el 95 por ciento de nuestra agua es de origen extraterrestre y el otro 5 por ciento restantes volcánicos el origen de nuestra especie también es extraterrestre.

En más de una ocasión hemos afirmado que creemos que no somos los niños bonitos de la creación y que en algún lugar también existe vida. Vida: pero, ¿inteligente? Esta es la pregunta que deberemos contestar en los próximos años.

Mientras tanto, dejemos que la sonda “Philae” haga su trabajo y que esta nueva piedra Rosetta descifre los orígenes de nuestro sistema solar.

La foto utilizada en esta entrada es una de las muchas que ya disponemos de este cometa, que en realidad es una roca helada de poco más de 4.100 metros de longitud.